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viernes, 16 de mayo de 2008

Trajes de la época

1. Vestido camisa

En cambray de color blanco, largo y con cola de perfil trapezoidal. Va guarnecido con una aplicación de casa bordada en algodón raso. En el delantero, a la altura del pecho, lleva bordadas las iniciales “M.C”
El tejido de algodón, la decoración bordada con motivos geométricos que nos remiten al mundo clásico, el talle debajo del pecho y la cola, de moda para los vestidos de día, sitúan este vestido en el Neoclasicismo



2. Vestido “a la francesa”

Conjunto compuesto por casaca, chupa y calzón. La casaca y el calzón están confeccionados en sarga bataria de seda en color marrón oscuro y van decorados con bordado erudito al matiz, con sedas polícromas. La chupa lleva la misma decoración sobre fondo de raso de seda en su color.
Tejido, motivos ornamentales y hechura coinciden con los vestidos masculinos “a la francesa” de moda en la España de Carlos IV.




3. Vestido

Vestido de batista blanca, bordado con lentejuelas doradas y cadeneta verde de tema floral. Después de la Revolución Francesa el vestido femenino buscó inspiración en el mundo grecorromano. Ejemplos similares aparecen en el “Journal des Dames et des Modes de la Epoca”




4. Vestido “camisa”

Vestido en tafetán de algodón, en blanco, guarnecido con una aplicación de bordado a punto de cadeneta que dibuja motivos florales policromos salpicados por toda la superficie. Largo, con escote redondo en el delantero y talle debajo del pecho. La manga, muy larga, se abre en forma de embudo en la bocamanga.
Su hechura, con el talle situado bajo el pecho, tejido y decoración lo sitúan tipológicamente en la ya década del siglo XIX. Este tipo de vestidos fueron denominados en la época “camisa”. Es frecuente en este período sobreponer a la manga larga, una corta abollonada.




5. Casaca

Casaca en seda listada con alternancia de tafetán y raso, en azul. Muy ajustada al cuerpo y con cuello vuelto. Los paños delanteros están cortados a la altura del pecho dándole forma. Va decorada con botones metálicos, a los que solo uno cumple la función de cierre. A las casacas con cuello vuelto se le dio el nombre de frac.
En “Arts et Métiers, LÀrt du Tailleur” de M. de Garsault de 1769, ya se incluye esta prenda con el nombre de “fraque” entre sus diferentes patrones. Los tejidos rallados se ponen de moda en la década de los 90 del siglo XVIII y se prolongan en el siglo XIX.




6. “Vestido camisa“y spencer

Vestido de muselina blanca bordado en seda, con cordoncillo dorado a punto de cadeneta que dibuja motivos florales y guarnecido con una aplicación de cinta en raso de seda en color morado con forma romboidal y rectangular. El jubón o “spencer” está confeccionado en sarga de seda en color morado y guarnecido con una aplicación de cordoncillo de plata y madroños.
Ambas prendas son un bello ejemplo de la moda a principios del siglo XIX. El “spencer” también llamado jubón en España, surgió como prenda de encima del “vestido camisa” posrevolucionario en el que el tallo fue el rasgo más elocuente del cambio de moda.



7. Vestido “a la francesa”

Conjunto compuesto por casaca, chupa y calzón en raso, seda y en color azul. La casaca, con un alto cuello de tirilla, se abre mucho y muestra la chupa y el calzón. Las tres piezas van decoradas con una aplicación de bordado de temática floral policroma.
A finales del siglo XVIII la hechura del vestido “a la francesa” esta prácticamente definida hasta su sustitución de otras prendas alrededor de 1830, aproximadamente. Un elemento que permite situarlo cronológicamente es el cuello de tirilla de las casacas, que progresivamente van ganando altura durante el reinado de Carlos IV, hasta alcanzar el máximo con Fernando VII.




8. Vestido y Spencer

Vestido y spencer en raso de seda en color azul. El vestido con talle alto y pequeña cola, va decorado con una aplicación de cordoncillo entorchado, láminas de plata y lentejuelas que dibujan motivos florales. El jubón va decorado con terciopelo negro. Las dos prendas corresponden a las usadas en las primeras décadas del siglo XIX. A partir de 1805 se empiezan a utilizar nuevamente tejidos que habían sido desplazados por el algodón tras la revolución francesa.





La exhibición de la riqueza

El lenguaje del vestido transmite múltiples significados. A menudo a través del traje se expresa la riqueza, el poder o la clase social a la que se pertenece. También sirve para enriquecer momentos de especial valor simbólico y ritual de la comunidad, como bodas, fiestas patronales…La forma más habitual de manifestar la riqueza era la acumulación de joyas o de piezas de ropa que se van superponiendo en mayor número cuanto más importante es la ceremonia en la que se participa y el papel que se desempeña en ella.

Evoluciones

Los mantones de Manila reciben el nombre de la ciudad desde donde se importaban aunque su lugar de producción era la región china de Cantón. Llegaron en el último tercio del siglo XVIII junto con otras modas de inspiración oriental y fueron adoptados por las mujeres españolas, convirtiéndose en la pieza por excelencia de la indumentaria festiva.
El actual traje de luces nace de la indumentaria masculina de la segunda mitad del siglo XVIII, al tiempo que el toreo moderno. Poco a poco sus piezas se van recargando de decoración y adecuando al uso funcional, hasta configurar el traje de luces actual.

El traje, emblema del oficio

La ropa de trabajo siempre ha estado apegada a la funcionalidad y presenta peculiaridades que se mantienen constantes a lo largo del tiempo. Puede tratarse de ropa de faena, en la que se utilizan materiales o piezas especiales por su resistencia y adecuación funcional, o de uniformes profesionales que facilitaban a través del reconocimiento del vendedor, la identificación del producto o de su zona de procedencia. Trajes como el del ama de cría, o el del arriero, han pervivido porque convertían a quienes los llevaban en anuncios andantes de su oficio, productos y servicios.

Moda en torno a 1808

En España el tránsito del siglo XVIII al XIX tiene lugar durante los reinados de Carlos IV (1788-1808) y Fernando VII (1813-1833), monarquías absolutistas sustentadas en las clases privilegiadas -clero y nobleza- que gozaban de gran poder político y económico.

Estas tendencias políticas e ideológicas tendrán su reflejo en la forma de vestir de cada uno de estos sectores de la sociedad.
A finales del XVIII, Madrid, como capital y corte, era la pasarela de las modas: desde la segunda mitad del siglo XVIII, lo extranjero y castizo coexistían y se oponían, pero también se influían mutuamente.

MODA INTERNACIONAL (sobre todo francesa)

Desde el punto de vista artístico, el Neoclasicismo, caracterizado por la sencillez, el equilibrio, la precisión y el orden, es adoptado como estilo oficial, por un aparte, por los primeros gobiernos republicanos franceses, que relacionan su "democracia" con la de la Antigua Grecia y la República romana, y, por otra parte, por Napoleón, que intenta emular, en su propio Imperio, el estilo romano.
La influencia de este nuevo estilo afectará también a la indumentaria de la época. Así, el paso del absolutismo al liberalismo se traduce en la moda masculina en la sustitución del traje cortesano o "traje a la francesa" confeccionado con ricos y vistosos tejidos de seda, y formado por casaca, chupa y calzón-, por el burgués, compuesto por prendas más sencillas, que permitían más libertad de movimiento y reflejaban menos las desigualdades sociales. La nueva sociedad reclamaba una nueva apariencia, más sencilla y natural, en clara relación con la anglomanía y el Neoclasicismo. Es en la indumentaria de la mujer en la que se produce el cambio más radical.


Ahora se lleva el denominado "vestido camisa", que presenta una silueta vertical, como una columna en la que los pliegues serían las aristas, y emula a las estatuas clásicas. Este vestido, confeccionado con finas telas blancas de muselina, preferentemente de algodón, tiene el talle alto y no lleva artilugios interiores, lo que aporta sencillez y libertad de movimientos.
La finura de estos tejidos determina el uso como prenda de abrigo, jubones muy cortos –denominados spencer en el resto de Europa-, y chales muy estrechos. Los zapatos son planos y el pelo, corto y rizado, o recogido en un moño con guedejas, imitando a las mujeres clásicas.
En cuanto a la vestimenta del hombre, aunque en la corte los trajes todavía fueran de seda, y bordados, para la vida diaria se prefieren cada vez más sencillos, siguiendo la simplicidad y funcionalidad inglesa, con el colorido monocromo y oscuro y los tejidos más sobrios y de algodón o lana, en lugar de seda.

La casaca, que se va haciendo cada vez más estrecha en cuerpo y mangas mientras que su cuello continúa subiendo, va perdiendo protagonismo frente al frac, prenda que aparece en la segunda mitad del siglo XVIII; y la chupa, frente al chaleco, única prenda en la que se permite la decoración, que ya no lleva mangas, es recto y llega a la altura de la cintura. Al mismo tiempo el calzón va siendo sustituido por un pantalón, en principio de punto muy ceñido y metido en botas altas.


Como abrigo siguen llevando, preferentemente, la capa y el capote, pero también otras prendas como el redingote -una especie de abrigo-.
La peluca, que en los años 90 prácticamente desaparece, da paso a comienzos de siglo al pelo corto a la manera de los clásicos.


Las mujeres, utilizan las sedas suntuosas (en raso, terciopelo...), bordadas y con encajes. Los vestidos de las mujeres, aunque mantienen la misma silueta de talle alto, pierden ligereza y se recobra la "decencia", con las mangas, drapeadas o abullonadas en los hombros, más largas y los escotes más cerrados. Como prendas de abrigo continúan usando sobre todo el chal, los más apreciados fueron los de Cachemira, en tejidos de lana muy fina y con dibujos típicos de palmas y atractivos y variados colores, que se convirtieron en signo de elegancia y riqueza.


MODA DE LOS MAJOS

En paralelo a la moda internacional, en España se da otra propia de un colectivo social muy diferente, un determinado sector del pueblo; son los denominados majos, que reivindican lo castizo.


Los majos vivían en determinadas zonas de Madrid -el barrio de Maravillas, el barrio de Lavapiés...- se diferenciaban cultural y socialmente de otros barrios de la zona centro más influenciados por las modas internacionales, especialmente en cuanto a indumentaria y diversiones se refiere. Con el tiempo los majos fueron apareciendo en otras ciudades y, a finales del XVIII y principios del XIX (periodo en el que fueron conocidos también como “goyescos”) su forma de vestir fue adoptada por las clases privilegiadas (Duquesa de Alba, Condesa de Chinchón, etc.), que imitaban a las clases populares, aunque con materiales más lujosos. Este fenómeno es al que algunos estudiosos denominan "majismo", y es precisamente en esta adopción, ya a comienzos del XIX, en la que queda más clara la connotación política de la indumentaria: se intenta responder a la invasión napoleónica con la exaltación de símbolos autóctonos.

El gusto por lo popular estaría en relación también con el hecho de que la Revolución Francesa favoreciera las costumbres plebeyas y con que esta actitud popular y castiza fuera fomentada por Carlos IV y María Luisa de Parma.
La maja usaba jubón ceñido, con haldetas y manga estrecha; faldas de colores o guardapiés con delantal; cofia, funda de tela para recoger el pelo; y pañuelo al cuello. Pero para salir a la calle, desde la década de 1870 y 1880 (y, por tanto, también en 1808), era imprescindible, independientemente de la clase social a la que perteneciera la mujer, ponerse una basquiña negra, en general de tela más rica (aunque debajo llevara una "traje a la francesa"), y una mantilla negra o blanca que les cubría la cabeza. Era tan frecuente este atuendo que los viajeros de la época lo denominaban "traje nacional español" en sus escritos.


Cuando, a principios del XIX, la línea del vestido neoclásico se impone, las basquiñas la seguirán, haciéndose más estrechas y altas de talle. Con el nuevo estilo aparecen también los flecos a modo de volante, los madroños -al parecer procedentes de Francia-, las borlas y las redes, como elementos decorativos.
El majo usa jaqueta -una especie de chaqueta ceñida, que en 1808 es corta y se denomina "torera"-, chaleco, camisa, calzones, faja de colores y pañuelo al cuello. Cubren la cabeza con una cofia y montera o tricornio.

Como prenda de abrigo, la capa, que se exportará al resto de Europa, al igual que la mantilla.
El hecho de que siempre se haya relacionado la indumentaria del majo con la del torero -incluso al jubón corto se le denomina "torera"-, se debe a que es a finales del siglo XVIII cuando se fija el "arte del toreo", casi tal y como está hoy en día, no existía un traje específico para los toreros y estos salían a la plaza vestidos de calle; es decir, vestidos de majos. Con el tiempo este traje quedará como fosilizado y se mantendrá con muy pocos cambios, hasta hoy.


Aunque los majos eran personas modestas, cuidaban mucho su indumentaria, que se caracterizaba por un rico colorido y una abundante decoración a base de abalorios, pasamanería, galones en las costuras, caireles, cordones, cintas..., sobre todo en el caso del traje de fiesta o gala.



Basquiña: Falda exterior española, tanto en el traje de corte como en el popular, fruncida en la cintura, que con el tiempo ha ido cambiando en cuanto a forma, tejido, decoración y uso. Así, a partir del siglo XIX, este término se emplea únicamente para designar la falda de color negro que se usa para salir a la calle.

Calzones: Prenda de vestir masculina, con dos perneras, que cubre desde la cintura hasta las rodillas.

Casaca: Prenda que se ponía sobre la camisa y la chupa. Se caracteriza por ser entallada, con delanteros abiertos y largos faldones, que podían ser rígidos, al estar armados, y que llegaban hasta las corvas. Con el paso del tiempo estos faldones fueron estrechándose. Lo mismo ocurrió con las mangas, que acabaron ciñéndose a los brazos.
La casaca de mujer era más corta de mangas y de faldillas, y estaba inspirada en la masculina, con sus pliegues y abertura en la espalda.

Cofia: Funda de red o tela ajustada a la cabeza que usaban hombres y mujeres para recogerse el pelo. En el siglo XVIII la cofia es el tocado propio de majos y majas, y frecuentemente consiste en una redecilla decorada con borlas en la punta y un gran lazo en la parte superior.

Chupa: Prenda ajustada al cuerpo que se llevaba bajo la casaca y sobre la camisa, con o sin mangas, y delanteros con botones. Su largo varió con el tiempo: primero llegaba hasta casi la rodilla y poco a poco fue acortándose, dando paso al chaleco, que ya termina recto en la cintura y prescinde de las mangas.

Jaqueta: Especie de casaca que usaban los majos. Se ajustaba al talle con una tela acolchada y los faldones, más cortos que en la casaca, que dejan las piernas al descubierto. Se llevaba sobre el jubón y tenía solapas.

Jubón: Prenda interior ceñida al busto, rellena de algodón, lana o borra, que vestían los hombres sobre la camisa, pero que también podía ser exterior.
Las mangas se confeccionaban con dos piezas alargadas y cosidas para que quedaran ceñidas. Las mujeres lo usaban siempre como prenda exterior.

Mantilla: Paño de seda, lana u otro tejido que utilizaban las mujeres para cubrir la cabeza y abrigarse. Su uso se generalizó entre las mujeres españolas desde el siglo XVIII hasta el último tercio del siglo XIX, momento en que se redujo su uso para ocasiones especiales.

Muselina: Tipo de tejido de algodón en ligamento tafetán. Es muy fino y de apariencia asedada debido a la delgadez de sus hilos, que fue posible gracias a la hiladora de Crompton, (1779), que conseguía una gran torsión de los mismos.



Testimonios de viajeros de la época

FORMAS DE VIAJAR

Los viajeros del siglo XVIII recorrieron generalmente los caminos de España en caballerías, coche de colleras, calesas o calesines y galeras. En el s.XIX la diligencia y el ferrocarril fueron los medios más habituales, aunque, muchos de ellos siguieron utilizando los caballos y las mulas.

Nada hay más agradable –escribía Alexandre de Laborde- que recorrer a caballo la hermosa tierra de España. Richard Ford era el mismo parecer y recomendaba este medio de viajar “ya que es, con mucho, el más agradable y, ciertamente, por lo que se refiere a dos tercios de la extensión peninsular, el único factible”.

Respecto al coche de colleras, aún usado a lo largo de la primera mitad del s.XIX, Ford escribió unas páginas sobre este vehículo al que califica de “enorme y pesado armatoste”, compuesto de cuatro ruedas y arrastrado por seis o siete mulas que llevaban unos collares de lona o cuero, rellenos de borra o paja con capacidad para cuatro personas.

Junto a éste, otro medio de transporte era la galera, que no solo llevaba viajeros sino también mercancías. Largo carromato de cuatro ruedas, cubierto con lona o lienzo fuerte en forma de bóveda sostenida por aros, del que tiran ocho mulas. Solía tener cabida para doce personas, pero de ordinario iban en su interior muchas más. Según Daviller:

El interior de una galera es un verdadero caos. Los viajeros se ven obligados a luchar contra los equipajes que no dejan de caérseles encima, y a los que el mayoral siempre de preferencia, visto que es el responsable; en cuanto a los desgraciados viajeros, si llegan a rompérseles algunas costillas, es cosa de ellos. Un día cometimos la imprudencia de aventurarnos en una galera, pero no permanecimos mucho tiempo allí; preferimos seguirla a pie, lo que fue fácil, pues apenas si hace siete u ocho leguas al día. El zagal de la galera desempeña un papel mucho menos activo que el de la diligencia. Organiza los altos, da de beber a las mulas en grandes calderos de hierro que cuelgan a los lados del vehículo, y en las cuestas abajo frena la pesada máquina por medio de una larga pértiga que apoya sobre una de las ruedas, haciendo palanca.

Descripción de un episodio que le sucedió a Samuel Cook con su equipaje enviado a Granada desde Madrid en la galera:

Una vez me dirigía a Granada por una ruta con rodeos y despaché mi pesado equipaje, que era de considerable valor; por una galera. Lo entregué, con la llave, a un hombre a quien no había visto nunca, y recogí el recibo que alguien le escribió, pues él no sabía. A mí llegada a Granada envié un criado a recoger mi baúl a la dirección indicada y volvió con esta respuesta: diga al caballero que deberá venir en persona y abrir el baúl para comprobar que todo está correcto. No hace falta añadir que así fue. El hombre se había vuelto de Madrid a su ocupación habitual y había dejado el equipaje a cargo del dueño de una vieja posada donde solía alojarse en el centro de la ciudad.

Un transporte rápido surge con la diligencia que va a ser el medio más generalizado durante todo el siglo XIX hasta la llegada del ferrocarril. A comienzos del siglo, se establecen realmente las primeras empresas de diligencias, aunque si bien es cierto, un servicio regular de ellas funcionó ya en 1778 en la ruta de Madrid a Bayona, pasando por Valladolid y Burgos, trayecto que se hacía en seis días en verano y algo más en invierno.

Las primeras diligencias disponían solamente de seis u ocho plazas, con dos clases de asientos o billetes. Según Santos Madrazo, a partir de la primera década, aparecen las diligencias de más de doce plazas y con cuatro o cinco tipos de asientos, el más caro y cómodo era el de berlina, departamento cerrado; y el más económico era el asiento de faetón, en la parte superior donde se colocaban los equipajes. A mediados del siglo, ya disponían de capacidad para veinte viajeros y lo más frecuente era su distribución en tres compartimentos: berlina, interior y rotonda, a los que se añadían otros dos tipos de asientos, mas económicos denominados imperial y cupé, situados encima de la cubierta y delante de la baca.

Daviller se quejaba del elevado precio de las diligencias, mucho más caro que el ferrocarril, y del reducido equipaje que se le permitía al viajero. No obstante, él se desplazó a través de este medio de transporte por las tierras de España. Testigos de este transporte fue Larra en un famoso artículo publicado en 1835. Otro medio de avance y comunicación entre los pueblos y medio eficaz de difundir ideas fue la tartana.

A mediados del siglo XX, se instauró definitivamente el ferrocarril, cuya lentitud y frecuentes paradas de los trenes son destacadas por los viajeros: “Es un poco pesado parar cada diez minutos mientras que los empelados del tren fuman y charlan en un sitio donde nadie intenta subir ni bajar del tren” comentaba la poetisa Jane Leck, después de un viaje. Por otro lado, Charles Daviller, comentaba la moderada velocidad del tren: “los trenes españoles no perdonan ni una estación; pero esta lentitud queda recompensada en ocasiones por la agradable compañía de la que se disfruta en el viaje”.

VIEJOS OFICIOS

Vamos a ir desgranando de algunos relatos de esos viejos oficios que los viajeros del siglo XVIII y XIX encontraron en España. Parecen estampas sacadas de nuestros escritores y grabadores costumbristas.

• Serenos: El oficio de sereno se creó en varias ciudades españolas a finales del siglo XVII. Su misión consistía principalmente en pasear las calles encomendadas a custodia, anunciar la hora con acompasada voz, señalando las medias y los cuartos y expresando el estado del tiempo. Cuando algún vecino lo necesitara iría en busca del médico, comadrona y confesor. Y si algún forastero o vecino se perdía debía acompañarle. Al paso de los años van apareciendo también otros menesteres. El sereno envuelto en su capote de paño, llevaba como armas defensivas – según expone Carmen Simón en un estudio sobre el tema- en un principio la espada o sable, mas tarde una lanza de tres varas de largo que se sustituyo pronto por el chuzo del que colgaba un farol o linterna. Como complemento el silbato, que podía utilizar siempre que necesitara ayuda de sus compañeros.

• Aguadores: los antiguos aguadores que subían a las casas a llenar de agua las tinajas o los aguadores que pregonaban por las calles ¡agua fresca, fresquita!... ¡fresquita el agua!, fueron recordados por Ramón Gómez de la Serna en unas bellas páginas introductorias a la Colección de setenta y dos grabados finales del siglo XVIII que bajo el titulo Los Gritos de Madrid se publico hace años.
En la Ilustre figura de Cervantes, leemos también aquella escena del asno cargado con cántaros de agua que caminando por las estrechas calles toledanas se cae, quiebra los cantaros y se derrama el agua.

En la Puerta del Sol de Madrid, Charles Daviller, ve a los aguadores, junto a los mozos de cordel y cerilleros pregonando su mercancía:

Viene después el aguador, que con una nota menos aguda que el cerillero, lanza a cada instante un grito muy conocido: ¡Agua! ¿Quien quiere agua?, o también ¡Agua y azucarillos! En una mano lleva el porrón de barro con ancho orificio y estrecho gollete, y en la otra una mesita de baja de hojalata o de cobre bruñido cuidadosamente, sobre la cual están los azucarillos, encerrados en una caja de vidrio, y algunos vasos de enormes dimensiones, pues los madrileños s5on grandes bebedores de agua. El agua más estimada es la de Fuente del Berro.

• Arrieros: realizan el transporte de mercancías no sólo a lomos de mulas sino también en grandes carreteras.

• Segadores: Cuando Daviller llega a Lugo, tiene un recuerdo para aquellos gallegos que se ganaban la vida como segadores en otras tierras o como mozos de cordel en la Puerta del Sol de Madrid:

Estamos aquí en plena Galicia y podemos estudiar en sus salsa a esos gallegos que ya habíamos visto antes en Madrid de mozos de cordel y con los que hemos encontrado a menudo en las carreteras principales cuando iban a segar.


VIDA SOCIAL

La baraja, el dominó y el billar son los juegos nombrados por los viajeros a su paso por las ciudades españolas. Una dama inglesa, Louisa Tenison es testigo de los concurridos paseos bajo los soportales de la plaza Mayor de Madrid.
Destacaba ya entonces el teatro que actuaban por las ciudades y funciones teatrales a cargo de los llamados cómicos de la legua.

Así mismo se debe destacar, el sainete y la tonadilla, piezas cortas que solían intercalarse en las comedias, tras el testimonio de el barón de Bourgoing, se puede decir que era lo que más atraía a los aficionados y que no era de extrañar para el extranjero que tenía su residencia en España. Actitudes, trajes, aventuras, música, todo en estas obritas es nacional y moderno”.

Las corridas de toros son el espectáculo más sorprendente para el visitante extranjero, y no podía menos de quedar reflejado en los relatos de viajeros de diferentes épocas y países. A veces no es propiamente una corrida de toros, sino un juego más espontaneo: así el toro enamorado o ensogado que vio William Dalrymple. De los innumerables comentarios sobre los toros el barón de Bourgoing se conmociono en una corrida de Valladolid:

Me asombró la prodigiosa concurrencia de curiosos que acudían atraídos por este festejo desde varias leguas a la redonda. Fue de Madrid el famoso torero Pepe Hilo, al que luego he visto torear tantas veces. Brindo al embajador, en cuya compañía me encontraba, varios toros que mató, y cada uno de estos tributos sangrientos – que es costumbre ofrecer a las personalidades destacadas- daba ocasión a que el palco del corregidor en que nosotros estábamos se arrojasen algunas monedas de oro al escenario de las hazañas de Pepe Hilo.

En otra ocasión, este mismo viajero, hace referencia a los refrescos que se sirven como preludio a las tertulias, reuniones muy parecidas, según él, a las francesas. A los refrescos podía seguir también un baile o el juego, rara vez terminaban en cena. Muchos viajeros recuerdan en sus relatos aquellas tertulias que tuvieron ocasión de frecuentar en su recorrido por las ciudades y pueblos de España.

LA RELIGION

El santiguarse al empezar una tarea, o al emprender un viaje es costumbre que señalaron varios viajeros de diferentes épocas, así como los saludos y cumplidos que acostumbran a utilizar los españoles. En Andalucía, J. Townsend, decía que los modales de los andaluces son suaves y sus saludos demuestran buena voluntad, aunque son algo peculiares, pues en vez de dirigirse al viajero, como hacen en otras partes de España, con el consabido vaya usted con dios , dicen vaya usted con la virgen.

El toque de oración al atardecer no deja impasibles a los viajeros, son muchos los comentarios que encontramos: “Los carruajes eran numerosos, los senderos estaban llenos de gentes, cuando de repente hacia las 8 de la tarde sonó una campana y para mi sorpresa, cesó todo movimiento, todos los coches se detuvieron, todo el mundo se descubrió y todos los labios parecían pronunciar una oración. Posteriormente descubrí que se trataba de una costumbre extendida por toda España”.

La religiosidad popular se centraba en santos protectores, culto a las reliquias, votos y promesas, etc. En épocas de calamidades se organizaban procesiones.
Es de destacar la fiesta de San Antón, tal como se celebraba en el Madrid de entonces incluía la rifa del cerdo: “El día de san Antón, caballos, mulas, asnos, todos llenos de cintas, son llevados a la iglesia de san Antón Abad de Madrid. Se venden panecillos benditos por un sacerdote que llevan el retrato de un santo por un lado y por el otro una cruz. Un sacerdote bendice también la cebada que se le presenta, y una vez q los animales han comido de ella están a salvo de toda clase de enfermedades. Todavía se venden panecillos de limón y canela en la calle de Hortaleza. Se cree que este santo protege muy especialmente a los cerdos a los q se deben los jamones y chorizos. Protege igualmente a las casas de beneficencia, que rifan dos cerdos: uno se expone en la calle Toledo y el otro en la puerta del Sol. Las papeletas cuestan cuatro cuartos y por esta mísera podéis ganar al cabo de dos meses, si san Antón os protege, un soberbio animal que pesa 20 arrobas. Las procesiones del Corpus o de la semana santa son muestras de gran fervor religioso por parte de los españoles.

INDUMENTARIA

Durante su estancia en Madrid en ambientes cortesanos, Townsend admira la capa de los hombres y la mantilla de las mujeres:

Es muy agradable ver a un joven elegante español con su capa que viste con mil formas graciosas, notables cada una por su desenvoltura y la elegancia particular que ningún extranjero puede imitar; pero cuando encuentra a una persona de rango superior o cuando va a una iglesia, la desenvoltura y elegancia son desterradas por el decoro y esa capa tan notable degenera en un sencillo capote enteramente rígido. Las damas españolas muestran el mismo gusto en el uso de la mantilla, especie de velo de muselina que cubre la cabeza y los hombros y que reemplaza a la cofia, la capa y el velo. Ninguna extranjera puede alcanzar su facilidad y elegancia en colocar ese simple atavío. En la mujer española la mantilla parece no tener peso ninguno. Más ligera que el aire, parece ser como unas alas.

Estando Daviller en Madrid, se sorprende de la vestimenta de unos comerciantes que vendían pescado en los alrededores de la plza. Mayor, el maragato, originario de una comarca de la provincia de León, llamada la Maragatería.