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viernes, 16 de mayo de 2008

El levantamiento de un pueblo: motín de Aranjuez

El motín de Aranjuez: la constante presencia de las tropas extranjeras que tanta administración y curiosidad habían despertado en el pueblo español cuando a tambor batiente atravesaban pueblos y villas y ciudades se fue trocando de inquietud y alarma según aumentaban los incidentes a lo largo de todo el país. En el entorno del monarca español algunos nobles influyentes comenzaron a disponer de medidas de urgencias si las cosas se complicaban, por lo que a primeros de marzo la familia real en pleno se trasladó a real sitio de Aranjuez. La razón era evidente, en esta zona del sur de Madrid era fácil tomar la carretera de Andalucía y alcanzar Sevilla, donde podían embarcar rumbo a las ameritas, como ya había hecho el rey de Portugal. La noche del 17 al 18 de marzo, unos criados del príncipe de Asturias se enfrentaron con algunos húsares de la guardia de Godoy. El resultado fue que alarmado el pueblo e instigado por el conde de Montijo, enemigo del príncipe de la paz, el altercado se transformó en un grave motín, contra la persona del 1 ministro que tuvo que esconderse de las iras de la multitud. Conocidas las noticias en Madrid el pueblo asaltó el palacio del odiado Godoy. Entre tanto el rey cesó de su cargo al valido, lo que no fue suficiente para los amotinados, que al describir que Godoy había intentado escapar tras 24 horas de encierro estuvieron a punto de lincharle, salvándose sólo por la providencial ayuda de los guardias de Corps. El príncipe de Asturias, Fernando, se aseguró a los amotinados que el antiguo 1 ministro seria en breve procesado y ordenado su traslado a granada el 19. Conocida la disposición real y viéndose engañados los alzados exigieron que de inmediato se revocase la orden. Asustado ante lo que parecía el comienzo de una revolución, Carlos IV abdicó en su hijo que fue proclamado en el propio Aranjuez, rey de España y las indias. Con el nombre de Fernando VII en medio de las masivas manifestaciones de alegría y jubilo del pueblo. Por primera vez en España un rey era obligado a abdicaría por la presión del pueblo llano. El día 24 de marzo el nuevo rey hizo su entrada triunfal en la capital en medio de grandes manifestaciones de felicidad. Igual ocurrió en toda España al saberse la caída de Godoy y el ascenso al trono del príncipe de Asturias, pero había un problema que iban a hacer las decenas de miles de soldados que ya estaban en nuestro país, entre ellas las de Murat, que había llegado a Madrid el día anterior entre la sorpresa y la admiración de los vecinos?? El ambicioso duque de Berg, como más adelante veremos empezó a darse cuenta que la compleja situación del país le podría beneficiar y fue el quien en 1 lugar mostró a su cuñado las ventajas de jugar con las dos partes enfrentadas de España por el trono, padre e hijo. Y escuchando las súplicas de la reina a favor de si misma y de su amante Godoy, le ofreció la protección de sus tropas convirtiendo de hecho a la familia real en sus rehenes. Astutamente le propuso a Carlos IV que redactase y formase su renuncia al trono, lo que el asustado y patético monarca hizo poniendo fecha el 21 de marzo, dando el primer paso para dejar a España sin rey. Pronto se dio cuenta el duque de Berg de que si jugaba bien sus cartas el trono vacante le podía caer a el. Alguien podía decirle que aún quedaba Fernando, oficialmente ya Fernando VII, pero para Murat y no digamos para Napoleón ese era un problema menor. En cuanto al pueblo español y la legalidad al corso le importaba un pimiento.

El levantamiento de un pueblo:la trampa de Bayona

Las primeras medidas del nuevo rey de España fueron encaminadas, como era de esperar a rodearse de partidarios y reforzar su poder, por lo que procedió a anular las consecuencias del escorial y colocó de ministros a sus principales apoyos: el duque del infantado, nombrado presidente del consejo de castilla y coronel de las reales guardias españolas, el duque de san Carlos convertido en mayordomo mayor del palacio y sobretodo al canónigo Escoïquiz, su principal confidente, al que designó miembro del consejo de estado y otorgó la gran cruz de la Orden de Carlos 3. Curiosamente la amnistía también benefició a grandes pensadores de la ilustración. Como Jovellanos, que se encontraba encarcelado en la prisión de Bellver, en Palma de Mallorca.

La política de Fernando VII fue inicialmente moderada. Mantuvo a destacados colaboradores de Godoy en sus puestos, como Cevallos, ministro del estado y situó a notables liberales en algunas carteras, como Azansa, ministro de hacienda y o’Farril, ministro de la guerra, pero las decisiones importantes quedaron en manos de la camarilla, formado por los duques de san Carlos y el infantado y Escoïquiz.

Respecto ante la actitud tomada ante Murat fue claramente sumisa, esperando con ansias que Napoleón refrendase su acceso al trono, Murat comprobó hasta que punto el rey estaba a los pies de Francia, cuando exigió la entrega de la espada tomada a francisco 1 en pavía y que fácilmente obtuvo en un solemne acto el 5 de abril. Poco a poco en Madrid la gente se iba dando cuenta de que el duque de Berg eran los que mandaban siguiendo las precisas instrucciones de napoleón al pie de la letra. Un ejemplo el aplazamiento de la orden de juicio contra Godoy tomada el mismo día 5, o la sugerencia -en realidad una orden- transmitida por Savary duque de Rodrigo, a Escoïquiz, solicitando que el rey fuese a visitar a napoleón en Francia. El deseo de ser reconocido por el emperador era tan fuerte que Fernando VII y sus más allegados colaboradores partieron para Francia el 10 de abril dejando la junta de gobierno al control de la nación, algo que representaba cada día más dudoso. El rey y su séquito hicieron todo el camino por una ruta controlada por las tropas imperiales, por su puesto se debían dar cuenta del peligro que corrían e intentaron no salir de España. En Burgos, Savary convenció al monarca para que siguiera la ruta hasta victoria, donde llegó el 14 y luego continuase hasta bayona. Alguno de sus acompañantes como Urquijo que escapase y se pusiese a salvo, pero una nota de la junta suprema en la que comentaba que Murat consideraba la posibilidad de sentar en el trono a su padre, -lo que no era cierto- le convencieron de que debía continuar la marcha. Partió el 19 con un conato de algarada del pueblo, que le vitoreaba y que pudo ser contenida por la intervención del duque del Infantado, que tranquilizó a los congregados, pues sospechaban que el rey iba camino de Francia. Así era en realidad y el 20 pasaba la frontera de Bidasoa.

Napoleón cómodamente instalado en el palacio de Marsac, no muy lejos de bayona recibió a Fernando como príncipe de Asturias, no como rey y tras una breve cena creyendo que el rey era un lelo, decidió tratar los asuntos con Escoïquiz, la propuesta era dura, ningún Borbón debía reinar en España y se le daría a Fernando como compensación el reino de Etruria. En realidad el rey de España no tenía nada que hacer. Napoleón le obligó a ceder antes de que terminase el 21 de abril. De lo contrario negociaría con su padre que estaba al llegar.

Nada más salir Fernando en dirección a Francia, Murat ordenó que se le entregase a Godoy, petición totalmente fuera de lugar a la que se opuso la junta suprema de Gobierno, pero fue suficiente una carta del general Belliard en la que afirmaba que tenía permiso del rey Fernando para que la oposición cediera. Tras salir de la prisión, Godoy fue enviado a Bayona ciudad a la que llegó el 26. La presencia del valido en Francia y una carta de napoleón a Carlos IV en la que afirmaba que jamás reconocería al príncipe de Asturias como rey de España, fue suficiente para vencer cualquier resistencia de vieja pareja real. Tras suplicar a Murat que les permitiese ir a bayona escoltados por tropas francesas, así lo hicieron y en medio de la indiferencia del pueblo partieron para Francia el 23 de abril. Una vez en bayona, a la que llegaron el 30 fueron recibidos como soberanos, no sólo por los franceses sino también por los españoles. Que tenían órdenes al respecto. Los soberanos se reunieron allí con Godoy, y con su hijo al que la reina reprochó su comportamiento. La lamentable familia que regía los destinos de España, tenía aún mayor tiempo para someterse a la mayor de las indignidades. Carlos 4, instigado por Godoy, con quien napoleón ya se había entrevistado, pidió que le restituyeran sus derechos. Pero viendo la firme actitud del emperador cedió todo a cambio una renta vitalicia. El miserable rey de España había vendido, literalmente su nación. Respecto a su no menos infame hijo, se daba cuenta ahora perfectamente de que habían caído en una trampa. Viendo que no había solución, informó a la junta suprema de gobierno en Madrid, de lo que estaba sucediendo. España estaba sin rey.

Ahora Napoleón tenía en sus manos el destino de su nación vecina y podía aprovechar cualquier altercado callejero en nombre de los desposeídos reyes, para imponer su voluntad por la fuerza, lo que no sabía ni esperaba, es que el movimiento que iba a iniciarse sería una de las causas principales de su ruina.

El levantamiento de un pueblo:una fecha para la historia, 2 de Mayo de 1808

En torno a las ocho de la mañana del dos de mayo dos coches se encontraban detenidos en la puerta del palacio real de Madrid. En el primero de ellos, los escasos paseantes vieron subir a la reina de Etruria y observaron que junto a los vehículos había un pelotón d jinetes franceses. Algunos curiosos se iban acercando pues hacía días permanecían atentos a los movimientos que se producían en las inmediaciones del palacio. Tal vez algunos ciudadanos, con acierto, dedujeron que el segundo coche era para el infante don Francisco. En ese momento, al parecer un maestro, José Blas Molina y soriano, se adelantó y gritó “¡traición!” y casi de inmediato el centenar de vecinos congregados se lanzaron hacia las puertas del palacio sin que los guardias reales les impidiesen entrar. Al grito de “¡quieren llevarse al infante!” y “¡mueran los franceses!” se cortan los tiros de los coches y se desenganchan los caballos. Desde un balcón un caballero gritó a viva voz: “¡a las armas!”, “¡a las armas!”.

El infante salió a un balcón acompañado de los amotinados y saludó a la multitud congregada ante las puertas. A lo largo de las calles que rodeaban el palacio la insurrección se extendió como una mecha de pólvora, y pronto la ciudad estalló en una revuelta general y lo que parecía ser un motín como el de Aranjuez, pronto se transformó en una auténtica revolución.

Un erancán de Mural se trasladó la palacio de y tras él llegó un soldado aislado, salvando ambos su vida por la intervención de un oficial de la guardia “walona”. Poco después. Poco después un correo francés fue abatido ante la iglesia de san Juan y Murat decidió imponerse por la fuerza bruta a los sublevados. Varias compañías ganaderas de la guardia imperial- lo mejor del ejército francés- fueron enviadas al centro de la ciudad acompañados por dos piezas de artillería. Al llegar acribillaron a balazos a la multitud congregada y sembraron el suelo de cadáveres. El pánico y la furia ya incontrolables. Las tropas de Mencey que acampaban ya en los alrededores de la capital fueron alertadas y se les ordenó marchar hacia la capital. La situación era ya muy complicada, el propio capitán Marbot- en aquel entonces ayudante de campo de Murat- tuvo que abrirse paso con su escolta de dragones a sablazos y disparos y aun así recibió una cuchillada que le atravesó el dolmán.

Por todo Madrid los franceses todos los franceses aislados fueron asesinados sin contemplaciones y en la puerta del Sol centenares de madrileños se concentraron cargados de furia. Los jinetes franceses que subían por la carretera de San Jerónimo fueron tiroteados desde las ventanas al pasar. Mientras avanzaban les tiraban tiestos, ladrillos, tejas etc… varios llegaron heridos y al llegar a la puerta del Sol cargaron contra la multitud. Los mamelucos de la Guardia, coraceros y dragones, acuchillaron a hombres, mujeres y niños ocultando la furia y el odio de los madrileños. Pronto la plaza quedó sembrada de muertos y heridos. Algunos trataron de huir desesperados sólo para caer delante de un grupo de cazadores de la Guardia que llegaban por la calle Mayor, y que hicieron una verdadera carnicería.

Poco a poco los oficiales franceses impusieron algo de orden y detuvieron la matanza, pero desde el palacio del duque de Hijar, algunos sublevados se negaron a rendirse y siguieron disparando, hasta que los enfurecidos soldados franceses tras romper las ventanas y puertas de la planta baja penetraron en el edificio en el que mataron a todos, culpables o inocentes, destrozando el mobiliario y arrojando los cadáveres por las ventanas.

No muy lejos de allí, los insurrectos se dirigieron al parque de artillería de Monteleón, donde algunos artilleros y dos capitanes, Daoiz y Velarde, haciendo caso omiso de las órdenes de su superior, el capitán general Francisco Javier Negrete, que había impartido las instrucciones a las tropas españolas de permanecer acuarteladas y observando en total neutralidad, se unieron a los sublevados. Los franceses tuvieron que finalmente tomar al asalto el parque, defendiendo heroicamente hasta el final por un grupo de pequeños patriotas. Al llegar la noche, la gente aterrorizada no salía de sus casas y todo parecía un cementerio.

Aquí y allá sonaban aún disparos aislados. Los franceses habían tenido entre 160 y 170 muertos y muchos más heridos. Los madrileños habían perdido a 406 de sus ciudadanos y 172 estaban heridos, según datos bastante fiables de de Pérez de Guzmán- si bien estas cifras no cuentan aquellos muertos que no son madrileños, estos datos han sido corregidos ligeramente en los últimos años-. Estudios más modernos han añadido además que se encontraban entre los muertos muchos de: Perú, Venezuela, Cuba y de otros países como: Bélgica, Suiza e incluso Polonia. Murat tenía ahora un buen pretexto para ocupar militarmente la capital sin contemplaciones. La junta de Gobierno se puso de inmediato a sus órdenes y el consejo de Castilla, que había publicado durante el alzamiento una proclama en la que prohibía maltratar a los franceses, hizo otra en la que proclamaba ilegales las reuniones en lugares públicos, y ordenaba la entrega de armas blancas y de fuego a las autoridades. A partir de ese momento Murat decidió actuar de forma implacable. Lo primero era controlar al ejército español, por lo que tras confirmar la orden de acuartelamiento de Negrete, creó comisiones mixtas con oficiales franceses y miembros del Consejo que, con ayuda de las tropas de ambos países, vigilasen y cuidasen del mantenimiento del orden de las calles. La segunda medida era aplicar un castigo ejemplar a los rebeldes, para lo cual creo una comisión militar presidida por el general Grouchy, en la que también había representantes del ejército español, y sentenció a muerte a todos aquellos que habían sido cogidos con armas de fuego en la mano- es decir, a todos- e incluso a los que entregasen sus armas en un plazo de dado por el consejo de Castilla. Además, dio instrucciones para que estas proclamas se aplicasen en toda España. El gran duque de Berg pensaba casi con seguridad, que se había ganado a pulso la corona de España.

Sin embargo el alzamiento del dos de Mayo, había mostrado dos cosas importantes. La primera que la revuelta había sido encabezada, liderada y llevada a cabo por el pueblo llano, pues las clases altas y la burguesía se abstuvieron de intervenir, y al igual que el ejército, guardaron un bochornoso silencio mientras “la chusma” era masacrada por los franceses en la madrugada, mientras el silencio de la noche era atrozmente roto por las descargas de fusiles en la Moncloa, donde se pasó por las armas a los insurrectos, casi nadie era consciente de lo que había ocurrido. El pueblo era por primera vez el dueño de su destino, abandonados por los asaltos dignatarios de la Iglesia, por la nobleza y el ejército, acababa de dar una señal que pronto sería escuchada en toda España. La misma tarde del dos de mayo, fugitivos de Madrid huían hacia el sur habían llevado, las noticias de lo que ocurría en la capital, de los muertos, de la represión de la violencia y Andrés Torrejón, alcalde de la villa de Móstoles, dictaba una proclama a sus vecinos instándoles a tomar las armas, “pues no hay fuerzas que prevalecen contra quien es leal y valiente, como los españoles lo son”. Era la primera declaración de guerra contra el invasor de la patria. No la había hecho un ministro, ni un alto dignatario del Estado, del Estado, del Consejo o de la Junta de Gobierno, tampoco un general. Sólo un sencillo alcalde, pero es que no había nadie más.

El levantamiento de un pueblo: la España del rey José

Antes de partir con rumbo a Francia, napoleón dejó a su hermano a cargo de las operaciones en España, mediante unas instrucciones impartidas en Valladolid, el 15 de Enero de 1809, sin embargo en la práctica, no sólo las operaciones militares, sino también el Gobierno e incluso la administración de las provincias ocupadas quedaría en manos de los mariscales. Independientemente de su origen, ya fueran nobles de cuna, burgueses o parte del pueblo, tenían varias cosas en común: por lo pronto eran fruto de las guerras revolucionarias en las que habían ascendido y triunfado gracias a su valor, habilidad o pura fortuna. Todos eran ambiciosos y tras las victorias del emperador en el centro de Europa comenzaron a lloverles ducados y principados que Napoleón les entregaba como premio a su comportamiento, pero tras el nombramiento de Murat como Rey de Nápoles su voracidad tuvo límites.

El Rey se quejó constantemente de las actitudes insolidarias de los mariscales, pero pronto quedó claro que Napoleón estaba dispuesto a gobernar de forma directa a través de ellos. El decreto de 8 de Febrero de 1810 por la que se demostraba a las claras la ambición del emperador de “reunir”, es decir, “anexionarse”, las provincias al norte del Ebro, demostró la poca importancia que daba al reino de su hermano. Igualmente decretos como el del diecisiete de Abril, que organizaba España en 38 departamentos al estilo francés, fueron ignorados en la práctica tanto por el emperador, que hacía y deshacía a su antojo, como por la forma de gobernar de mariscales como Scoult en Andalucía o Suchelt, en Valencia, que eran auténticos virreyes, que no se sujetaban a ninguna voluntad que no fuese la suya.

Para valorar el apoyo que tuvo el nuevo monarca lo primero que hay que tener en cuenta es la mayor parte de la población, vio en los josefinos o afrancesados la viva imagen de la traición. No es de extrañar que por lo tanto la Junta Central decretase el 24 de Abril de 1809 la pena de muerte para los colaboracionistas más destacados y que la población actuase a menudo con extrema violencia contra aquellos a los que capturaban. Sin embargo, esta visión tan habitual, debe ser matizada.

Por lo pronto había varios grados de sumisión al gobierno, pues si bien en principio fueron muchos los españoles afectados por el juramento solemne de obediencia al Rey José en cumplimiento al nuevo decreto del 1 de Octubre de 1808, que incluía a los funcionarios y empleados públicos, en diciembre se hizo extensible a los cabeza de familia de las zonas ocupadas. Esta situación forzó a los patriotas a distinguir sutilmente entre “juramentos”- aquellos que habían jurado solemnidad al rey intruso- y “afrancesados”- los que en verdad creían en el rey bonapartista- por lo que no es de extrañar que en algunos procesos celebrados tras en final de la guerra no fuese si quiera tomado en cuenta como acusación, ya que se sabía que en muchas ocasiones los juramentos y declaraciones de fidelidad se daban bajo amenaza o coacción insuperable. Los funcionarios, en su mayoría, realizaron durante la guerra una especie de afrancesamiento pasivo, prestando poca ayuda en realidad, a las fuerzas ocupantes y a la nueva administración que sabía perfectamente, que con la mayoría no podía contar.

No había mejor prueba de la poca importancia concedida a los juramentos que el hecho de que apenas unos 15.000 afrancesados huyesen con el derrotado ejército tras la batalla de Victoria, de los aproximadamente dos millones que en algún momento juraron fidelidad al Rey José, lo que demuestra que los verdaderamente comprometidos con la causa de Bonaparte en España, eran muy pocos, y de entre ellos destacaban los funcionarios, que por su tipo de trabajo podían ocasionar más daño a los ciudadanos, por lo que no era de extrañar que la mayor parte fuesen policías o empleados de Hacienda.

El rey José y su gobierno eran plenamente conscientes de que debían hacer si querían que su régimen se consolidase, era captar nuevos adeptos a la serie de reformas que deseaban imponer en España y que la conducirían, según creían ellos, por la senda de la libertad y la modernidad. Para ello era la primera medida fue el uso de la propaganda, obligando a la lectura, de los bandos y proclamas que se publicaban en las diferentes gacetas bajo control francés y en las que se exaltaban las virtudes del nuevo régimen. El éxito de este tipo de acciones fue muy limitado. Pronto se buscó un medio que permitiese a los afrancesados disfrutar de sus ventajas, que les confería su adhesión al rey José y su proyecto, por lo que se instituyeron premios y recompensas que les llevara aparejadas algún tipo de renta. Así nació la Cruz de la Orden Real de España. Que tenía un máximo de renta al año de 30.000 reales. Una suma bastante importante para la época. Esta distinción a la que los patriotas llamaban la “berenjena” fue la más codiciada, pero había más posibilidad de ascenso y promoción en la administración pública. Aún así es cierto que muchos “afrancesados” amasaron grandes fortunas en la guerra, destacando aquellos que ocuparon puestos claves en la administración. Por lo tanto fue una mezcla de miedo y esperanzas de subir en el escalafón o ascender socialmente lo que llevó a la mayor parte de los jurados a servir al rey José y a su administración, algo que se ve con claridad en el caso de los funcionarios y militares, en tanto que en el afrancesamiento real, el ideológico fue muy limitado y en general de un nivel socio-económico e intelectual bastante alto. En el clero no bajó casi nunca de canónigo y fueron importantes las ambiciones de algunos que veían la posibilidad de alcanzar un obispado y jansenistas y clérigos ilustrados que se mostraron de acuerdo con las medidas de abolición del santo oficio. Reducción de grandes órdenes religiosas y la creación de una iglesia nacional española al estilo de la Francia napoleónica. Los militares franceses hicieron algún esfuerzo en aparentar que respetaban las tradiciones religiosas españolas, pero apenas convencieron a nadie y el bajo clero estuvo toda la guerra dando ánimos y fuerza a los insurrectos y atizando la llama de la “guerra santa” contra los herejes, ateos y aliados del anticristo.

En el ámbito privado, las lógicas masónicas, se mostraron claramente favorables a la instauración del rey José, pero la francmasonería francesa que estuvo presente en España estaba muy vinculada al ejército imperial, y en ella no entraron españoles. Aunque influyó mucho en las logias españolas.

El levantamiento de un pueblo: Por fín Madrid

En la mañana del 23 de julio ya era una evidencia que los franceses se habían retirado por alba de tormes y la caballería aliada se puso en marcha para perseguirlos. Durante los días siguientes se produjeron constantes acciones armadas entre las caballerías de ambos ejércitos cuando las tropas francesas situadas en zonas de operaciones fueron reaccionando y comenzaron a enviar la ayuda que podían a las unidades del derrotado Ejercito de Portugal, el rey JOSE I era consciente de que el avance aliado seguiría hacia el centro de España, por lo que intento ver que podía hacer para salvar la capital y dejo que Clausel prosiguiese la retirada hacia burgos del ejercito derrotado en los arapiles. Cuando Wellington se entero de que el rey seguía en Madrid se dirigió a Valladolid, que los franceses evacuaron el 30 de julio y dejando a Clinton con 18000 hombres protegiendo la línea del Duero, marcho al sur para a través del Guadarrama ir a Madrid, por la ruta inversa a ala seguida por Napoleón cuando salió en persecución de Moore. Disponía todavía de 36000hombres más q suficiente para sus planes: ayudar al ejército del Centro, pero el mariscal no le obedeció, por lo que Madrid no podía ser defendida. Aunque el tiempo apremiara, pues el diez de agosto la vanguardia inglesa había pasado el Guadarrama, miles de afrancesados que residían en la capital se prepararon lentamente para abandonarla, pues con ellos se iban centenares de carruajes cargados con el producto de media década de rapiña. Para lograr ganar algo más de tiempo la división de caballería de Treillard, partió hacia el noroeste para intentar entorpecer la marcha de los aliados sobre la capital, atacando por sorpresa a los anglo-portugueses y alemanes de la KGL en Majadahonda y las Rozas, donde después de un violento choque causaron dos centenares de bajas a los aliados

Esta pequeña localidad victoriana defensiva no servía para salvar la capital y el rey abandonó Madrid de camino a Ocaña, dejando una guarnición en el Retiro al cuidado de al cuidado de los franceses heridos y enfermos. Wellington entró en Madrid el 12 de agosto, en medio de manifestaciones de alegría de la población, siendo la tercera vez en la historia que las tropas inglesas entraban en la capital de España. Las tropas francesas del Retiro se rindieron antes de que comenzase el asalto y dejaron en manos de los aliados enormes cantidades de material.

El levantamiento de un pueblo: ¡Ay de los vencidos!

No hay descripción que baste para comprender la guerra, los soldados de Napoleón sentían un gran desprecio por el pueblo.

No hubo mujer que fuese respetada, ni doncellas ni religiosas alcanzaron piedad de las tropas civilizadoras de Napoleón. Castellane cuenta que en el saqueo que siguió a la batalla de río seco una mujer fue forzada por cuarenta soldados. Los asesinatos no existían, pues siempre que un francés mataba lo hacía cumpliendo con su deber y no había para que mencionarlo.
“Obraron como tiranos y hablaban como déspotas”.

Se dieron innumerables saqueos, robos destrozos de casas para buscar dinero o cualquier cosa que sirviese. Ni el palacio arzobispal, en el cual Napoleón se albergó había sido respetado: muebles destrozados, chorros de vino etc…